A un mes de que el capo más conocido de México escapara de la cárcel, pululan las notas que lo colocan casi como un personaje legendario, capaz de derrotar al gobierno y exhibir la ineptitud de la actual administración. Atraídos por su magnética presencia, muchos periodistas gustan de exaltar su figura por encima de cualquier otro personaje de la vida pública mexicana, incluyendo al presidente.

Hablar de Joaquín “El Chapo“ Guzmán implica todo un reto. Es difícil no tomar posición y procurar la objetividad ante un personaje que ha conmovido tanto la realidad nacional. Por todas partes saltan leyendas urbanas, mitos e historias tan exageradas que simplemente no pueden ser verdad. Pero, ¿cómo saberlo?, si la mentira es a veces más discreta y ajustada a la realidad, sobre todo en lo que concierne al jefe del Cártel de Sinaloa.

Las versiones oficiales no sirven de mucho. Como apunta The New York Times los mexicanos desconfiamos de la versión del gobierno respecto a la fuga del Chapo; preferimos otra explicación, otra menos exagerada, como que el Estado mexicano está coludido con el capo o que en realidad nunca estuvo en la cárcel.

La fuga del penal de alta seguridad tan sólo es la última de las hazañas del Chapo exaltadas en la prensa. Y junto a la desconfianza generalizada (y bien ganada) respecto a todos los niveles de gobierno, la imaginación es el límite. Ha pasado un mes desde aquella fuga, y el clima general parece inclinarse más a la figura del Chapo legendario que al Chapo criminal.

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Que si cerró un restaurante y pagó la cena de todos los comensales, que si se hizo dueño de todo un pueblo para seducir a su novia, que los pobres y campesinos lo adoran como su benefactor, que lo odian porque los explota, que es un buen cristiano y que compró todas las rosas de Sinaloa para honrar a su hijo. El mito no tiene fin. Pero las leyendas sobre él no sólo corren entre los sectores populares, sino que parece existir cierta fascinación en la prensa por este personaje que ha cobrado dimensiones desproporcionadas. Una fascinación que quizá supera a la de sus lectores.

El cuento de superación personal

El Chapo como empresario es una de las exaltaciones favoritas y más citadas del personaje. Desde que en el 2009 apareciera en la lista de las personas más ricas del mundo de la revista Forbes, el llamado “CEO“ del Cártel de Sinaloa ha entrado al imaginario periodístico como un empresario exitoso.

La propia Forbes estimaba que su riqueza ascendía a mil millones de dólares, y que se encuentra entre las 100 personas más poderosas del mundo. Y resalta que Joaquín Guzmán salió de la pobreza y construyó su fortuna de la nada. En suma, es la historia del pobre que se superó y llegó a la cima de la escala social sólo por su trabajo, su inteligencia o su esfuerzo.

¿Pero qué tanto de verdad hay en ello? ¿Las estimaciones de Forbes no son demasiado especulativas tanto en las cifras como en las interpretaciones? El periodista británico Malcolm Beith, fascinado por la historia del Chapo, escribió en una biografía dedicada al sinaloense:

“Quise hacer un perfil de el Chapo, plasmar un poco de su personalidad… es un hombre muy inteligente, muy calculador, que en otro universo podría haber sido el CEO (director general) de una empresa multinacional que usara abogados en vez de sicarios“

Pero no todos opinan igual. Los directores del documental The Legend of Shorty (o La leyenda de el Chapo), aseguran que lo conocieron y se entrevistaron con él. No tienen tomas porque, según ellos, no se desenvuelve bien ante las cámaras porque no es más que “un campesino sin oratoria“.

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De manera que la leyenda del Chapo se equilibra entre el campesino de orígenes miserables al brillante empresario que se podría haber hecho millonario en cualquier negocio. Pero esta historia se olvida de ubicarlo en un contexto específico. Joaquín Guzmán no se hizo rico de la nada, sino en un país inundado por el tráfico de drogas y otros muchos lucrativos crímenes, lleno de corrupción y con altos índices de pobreza y desempleo.

Su éxito se ha construido sobre un imperio sangriento que ha dejado muertos o encarcelados a muchos de sus enemigos. No es sólo un empresario, también es comandante de un ejército personal. Su escalada a los niveles más altos del narcotráfico coincide con la muerte de muchos de sus antiguos aliados, que luego pasaron a ser enemigos, algunas de ellas perpetradas por el mismo gobierno, como la de Arturo Beltrán Leyva.

Nadie dice que él no ha hecho nada para ganar el dinero que tiene, pero no todo es esfuerzo personal. Su éxito en el mundo de los cárteles no sólo depende de él, sino también de las acciones y las omisiones del gobierno, de la posición estratégica de México en el tráfico de drogas y de muchas otras circunstancias. Su historia de éxito no es ejemplo de superación personal, sino de degradación social de todo un país.

Estaríamos mejor con… ¿el Chapo Guzmán?

México tiene una sociedad desencantada con su gobierno. No es para menos, entre casos de corrupción, alianzas con el crimen y pobres resultados en términos de políticas de desarrollo social; los gobiernos mexicanos no se han ganado precisamente el corazón de sus gobernados. A eso hay que sumarle un presidente tremendamente impopular.

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De manera que la fuga de Joaquín Guzmán se entiende como un fracaso más de este gobierno. No hay duda de que es así, pero ¿eso justifica entender al Chapo como un vengador y celebrar sus hazañas como derrotas del gobierno? La figura del Chapo se eleva en detrimento de la figura de Enrique Peña Nieto, pero hay una línea muy delgada entre criticar con justicia a la presidencia y celebrar al capo.

Según la periodista Dolia Estévez, un sondeo arrojó que el 53% de los mexicanos consideran que el Chapo es más poderoso que el gobierno; y al mismo tiempo 69% cree que es su aliado. ¿Quién es este personaje que al mismo tiempo puede ser el enemigo y el aliado del gobierno en el imaginario mexicano? Bajo este enfoque el Chapo es quien pone en evidencia el fracaso de las fuerzas de seguridad mexicanas, y al mismo tiempo es una fuerza corruptora que los tiene como asalariados; es, a la vez, el héroe capaz de escapársele a los Estados Unidos, y el criminal que compra la fidelidad de la DEA.

Quizá en sus múltiples arrestos y escapes está la clave para entenderlo. Las fantasiosas versiones oficiales de sus huidas (adentro de un carrito de lavandería, la primera, en un túnel, la más reciente) son estrambóticas y poco creíbles, dignas de películas demasiado alocadas. Sin embargo, eso es lo que se supone debemos creer. Existen múltiples testimonios de que el Chapo “compra“ policías a ambos lados de la frontera entre México y Estados Unidos, y gran parte de la población está convencida que el sinaloense tiene contactos con las más altas esferas del gobierno mexicano. Si así fuera, ¿por qué tendría que armar todo un circo para escapar? O si es que todo el caso no es más que un montaje del gobierno, o incluso sólo del penal, ¿por qué no elegir una versión más fácil de creer?

Lo que muestra la figura del Chapo, sus leyendas y las versiones oficiales en torno a él es que en gran medida la política en nuestro país se desarrolla como un cúmulo de ficciones. No importa lo inverosímil de las versiones, todas caben en una política menos ocupada de la verdad que del ocultamiento. La percepción sobre el Chapo es contradictoria porque nace de una política contradictoria y también fantasiosa.

Acostumbrados a un ejercicio político plagado de versiones que son obviamente mentirosas y simulaciones tan absurdas como la representación de un rescate y varios arrestos que incluían a Florence Cassez en 2005; somos perfectamente capaces de percibir al Chapo como un criminal y como un héroe al mismo tiempo. Podemos verlo como el criminal responsable de muchas de las muertes de la llamada “guerra contra el narco“ y como el campesino que pudo “cachetear“ al infame gobierno mexicano, sin conflicto alguno.

Joaquín Guzmán puede mostrarnos los andamios políticos de nuestro país. Sus historias son un extremo absurdo de toda la estructura política, pero al fin una muestra de las contradicciones que nos gobiernan.