Ante el revuelo generado por los dimes y diretes entre Jesús Silva-Herzog Márquez y el director del FCE, José Carreño Carlón por la entrevista (gestionada por el FCE) que le hicieron algunos periodistas al presidente Peña Nieto, Leo Zuckermann publicó otro artículo de opinión en el que se pregunta si el Estado debe subsidiar la edición, producción, distribución y venta de libros que sólo lee la clase media.

Para nosotros es claro que ningún subsidio a la cultura es desdeñable, eso no está en cuestión, lo verdaderamente importante de esta guerra de columnas, es que hace evidente es como algunos hombres se pierden en los personajes que interpretan. Por ejemplo José Carreño Carlón.

Esos personajes pueden ser inventados por ellos, o pagados por alguien más. En ocasiones, los intérpretes terminan siendo personalidades extraviadas: pierden su identidad por no poder dejar de ser el otro imaginado.

Este fenómeno puede no ser grave, siempre que estas personas tengan un buen grupo de allegados que los cuiden y atiendan. No obstante, también puede ocurrir que alguno de estos intérpretes sea una persona pública que pierda consciencia del cargo que se le encarga. En tal caso, confundirá a su persona con su personaje de manera intermitente. Esta confusión podría no ser sólo suya: afectará a todos los que lo rodean. Como en un acto de magia, verán aparecer a uno y otro frente a ellos. En un caso así, el peligro consistirá en que atribuir responsabilidades a un solo sujeto se volverá una tarea muy complicada.

El fenómeno no es nuevo. La doble personalidad de un solo sujeto es un problema que fue identificado, casi con seguridad, antes que en la historia de la locura, en la historia de la política. Se trata del tenso y continuo problema que representa el que un mismo individuo haga la veces de representante y representado en una discusión. Y, por supuesto, del problema que representa el saber a qué intereses representa: a los del poder o a los de los ciudadanos.

“Ser o no ser” se escribió alguna vez. La identidad de una persona se compone por los símbolos a los que acude para presentar ante otros, en un orden único, su personalidad completa. Detrás de esos símbolos están su emociones, sus valores, sus principios. Así, hay tantas personalidades como símbolos, y tantos símbolos como emociones ordenadas de una manera original en cada caso.

No obstante, hay maneras sensatas y otras chuscas de personas. En este universo hay de todo, desde intérpretes perfectos, hasta magos poco diestros que confunden, ellos mismos, la realidad con la fantasía, en demérito de ambas. Son aprendices de mago que confunden todas las identidades, que confunden a las personas y que son poco o nada fiables porque se confunden a sí mismos.

José Carreño Carlón, director del Fondo de Cultura Económica es, entre tantos actos y cosas inventadas por él, coordinador de la plática “Conversaciones a Fondo” en la televisión. Tuvo a bien invitar al presidente a la primera de esas conversaciones, con el fin de ofrecer un espacio para que se realizara otro acto de magia: la transformación de la industria energética mexicana de un asunto público a uno privado en un solo instante.

Como buen ideólogo y sabiendo que la comunicación tiene por forma suprema la mercadotecnia, asoció el “fondo” de las política con el “Fondo” de Cultura y, en un acto de magia, el editor ciudadano y el político servil quisieron fundirse en uno mismo.

Pero nosotros, ciudadanos expectantes, aunque incrédulos, parados sobre una larga historia que demuestra que nuestros políticos no dejan de confundir la realidad con la fantasía, pronto descubrimos que Carreño Carlón está lejos de ser el mago que pretendía ser.

Nos quiere hacer creer en una magia que intenta que la multiplicidad de caras correspondan a una sola. Nos quiere hacer creer que es sólo un editor, aunque su forma de proceder revela que se trata de un editor que, además, está al servicio de la política presidencial.

No cumple con la definición. Según el Diccionario de la Lengua Española, “Magia” es “1. f. Arte o ciencia oculta con que se pretende producir, valiéndose de ciertos actos o palabras, o con la intervención de seres imaginables, resultados contrarios a las leyes naturales”, o bien “2. f. Encanto, hechizo o atractivo de alguien o algo”.Y más aún, la palabra “mago”, en su cuarta acepción dice: “4. m. Persona singularmente capacitada para el éxito en una actividad determinada”.

Nosotros, los ciudadanos, sabemos que la transformación de los energéticos de públicos a privados no es un acto extraordinario que vaya más allá de la razón, antes bien, la insulta. Sabemos también que lo ocurrido en el Fondo no fue una entrevista cualquiera, sino un acto nada encantador ni atractivo, que antes que ocultar el truco de poner a la cultura al servicio de la política de estado, la puso de manifiesto.

Si a las palabras nos atenemos, el mago Ca-reón ni hace magia ni es mago. Es una persona que trata de hacernos creer que solo tiene una cara a pesar de que tiene varias ¿Cómo podemos describir, entonces, a este tipo de personas? ¿Cómo se les dice a aquellos que te crean un teatro, que te montan una farsa en la cual se le nota la careta a todos los actores? ¿Farsante?

¿Y cómo le llamamos a aquellos que te mienten en la cara a pesar de que sabes que te quieren engañar? Tal vez la palabra que más convenga sea cínico, así, sin adjetivos.

Ahora, uno de los problemas más agudos que debemos resolver es el de qué hacer con alguien que nos dice que es una cosa y al rato muestra que no lo es. Tal vez, simplemente, “el minicronista” no sea solo un cronista, ni el prestigioso e internacional Fondo de Cultura Económica sea sólo una “mini casa editorial”, sino el flamante espacio de anuncios del presidente.

Al final de todo, es mejor que el mago Ca-reón no pretenda hacer magia donde no la hay.