Hoy Google nos regaló un increíble doodle con la imagen del poeta, dramaturgo, novelista e historiador, Salvador Novo. Pero ¿Por qué es tan bueno recordar a Novo?

La Ciudad de México se caracteriza por haber tenido circulando en sus calles a algunas de las personalidades más fuertes y los genios más agudos del orbe, pero, sin riesgo a equivocarnos, es probablemente la personalidad de Salvador Novo la que más destaca entre todas. Fue un hombre con una honestidad ruda y un humor muy ácido con el que denunció cada una de las hipocresías de la moral mexicana de sus tiempos. Novo no solo fue su obra, fue, principalmente, su vida, el estilo con el que la vivió.

La ciudad de México, en el siglo pasado, fue uno de los focos culturales más importantes del continente americano y aún del mundo, pues tuvo circulando entre sus calles a los creadores de la cultura mexicana tal y como la conocemos. Por aquí pasaron desde los tres grandes de la pintura: Siqueiros, Rivera y Orozco, hasta personalidades del cine como el Indio Fernández, Dolores del Río o La Doña. Desde intelectuales como Doctor Atl, Vasconcelos u Octavio Paz, hasta artistas como Tina Modotti, Amalia Hernández, Luis Barragán, Remedios Varo o Luis Buñuel.

Todos caminaron por aquí, pero de entre todos, destaca el cronista de la ciudad, el dandi mexicano: Salvador Novo (o como también le decían «Nalgador Sobo»).

salvador novo

Retrato de Salvador Novo hecho por Manuel Rodríguez Lozano

Novo habló de la ciudad y retrató las contradicciones que en ella había. El discurso del gobierno imponía en ese entonces los valores revolucionarios y la exaltación de lo indígena y el campo, pero, a la vez, la gente común compraba sus tenis de marca estadounidense e imitaba el american way of life. Si alguien entendió que México era un revoltijo y que no había una sola forma de ser del mexicano (y que los habitantes de aquí son contradictorios) fue Salvador Novo.

No había un proyecto de crear una identidad porque el sabía que todos eran diferentes y nunca trató de ser como los demás, siempre se destacó por su irreverencia.

Y así como hizo y deshizo con el discurso nacionalista, lo hizo con el discurso romántico del amor. Este soneto hace una burla del sentimentalismo que trata de ignorar el deseo sexual.

 

Pienso, mi amor…

Pienso, mi amor, en ti todas las horas

del insomnio tenaz en que me abraso;

quiero tus ojos, busco tu regazo

y escucho tus palabras seductoras.

Digo tu nombre en sílabas sonoras,

oigo el marcial acento de tu paso,

te abro mi pecho —y el falaz abrazo

humedece en mis ojos las auroras.

Está mi lecho lánguido y sombrío

porque me faltas tú, sol de mi antojo,

ángel por cuyo beso desvarío.

Miro la vida con mortal enojo,

y todo esto me pasa, dueño mío,

porque hace una semana que no cojo.

 

Escribió numerosas obras de gran calidad entre las que destaca Nueva Grandeza Mexicana, La vida en México en el periodo presidencial de Lázaro Cárdenas, en el de Manuel Ávila Camacho, en el de Miguel Alemán y en el de Gustavo Díaz Ordaz, La Ciudad de México en 1867, La culta dama, entre muchas otras.

Y así como fue crítico e irreverente en su escritura, también lo fue en su vida. Monsiváis dijo de él que era:

«El homosexual belicosamente reconocido y asumido en épocas de afirmación despiadada del machismo»

Y si no le creen a Monsi, aquí les ponemos algunas anécdotas en las que se nota el gran ingenio de Novo:

Según Rodrigo Ramírez, Salvador Novo dirigió el departamento de teatro del Instituto Nacional de Bellas Artes de 1946 a 1952. Un día estaba saliendo de la premiere de una obra de teatro y un periodista, quien se las quiso dar de muy culto y saber de las próximas puestas en escena de la institución, le preguntó:

-Maestro, Maestro. ¿Cuándo pondrá usted La posadera?

Salvador Novo volteó a ver al periodista y mientras levantaba una ceja le respondió:

-Por ti querido, cuando quieras.

Esto lo dijo en una época en la que muchos mexicanos moralinos se escandalizaban de todo y en la que existía la Liga de la decencia.

 

Elías Nadino también nos cuenta:

En una ocasión Xavier Villaurrutia y yo pasamos por Novo al edificio de la Secretaría de Educación, para irnos juntos a comer. A Salvador y a mí se nos ofreció ir al baño. En una de las paredes, alguien había puesto: “Salvador Novo es joto.” Él leyó eso, sacó un lapicero y comenzó a hacer una lista: “Narciso Bassols es joto,” El tesorero de la SEP es puto,” “el Secretario es marica.” Llenó media pared con los nombres de muchos funcionarios. Cuando salió le pregunté con sorpresa:

–¿Por qué hiciste esto?

–¡Ay! Pues porque así borran más pronto.

Otra anécdota que me gusta es cuando Novo iba caminando por la calle y se topó con un señor. El señor le dijo al poeta:

-Yo no le doy el paso a los putos

A lo que contestó Novo:

-Pues yo sí

Así que se hizo a un lado y siguió su camino.

Y así como estas anécdotas, hay más.

Salvador Novo fue la imposición de su persona en un mundo que intentaba negar la existencia de la homosexualidad.

Novo fue un gran escritor y no pudo pasar desapercibido en la vida cultural del país (aunque su postura en temas políticos polémicos de la época dejaron mucho que desear), pero, mientras muchos ocultaron su sexualidad para no ser reprimidos, Novo obligó a la gente a aceptarlo en toda su completitud.

 

El escritor era incómodo y lo fue más cuando se publicaron sus memorias, La estatua de sal, en las que desclosetó a medio mundo.

Pero recordar a Novo hoy, no es solo recordar su gran producción artística e intelectual, es recordar el valor y la inteligencia de aceptar una pequeña, pero importantísima verdad: que todos somos diferentes.

Salvador Novo