La violencia en México se ha convertido en un habitante más. El norte del país sigue siendo ese lugar cuya complejidad pocos entienden, tal vez sean sólo los que viven ahí los que puedan ver a los ojos eso que, para muchos mexicanos (especialmente del centro del país), es sólo una historia de terror, una noticia pasajera, una idea prefabricada por medios y narconovelas pues, claro, sólo ellos saben qué significa que “el norte“ sea el “aquí“.

Carlos Velázquez se ha dedicado a poner en papel un perfil muy honesto del norte del país. Su escritura no es una lección moral, tampoco es una llamada de auxilio, sino un manifiesto de lo que significa sobrevivir en un ambiente que repele al hombre mismo.

El karma de vivir al norte es un conjunto de historias que revelan qué le cuesta al mexicano vivir al norte, revela a quiénes golpea la guerra contra el narco y finalmente, cómo, a pesar de parecer imposible, los hombres, los ciudadanos, los personajes de verídicas anécdotas, se encargan de reapropiarse de los espacios, de las relaciones y los sentimientos, para arrebatárselos a la violencia.

 El nuevo libro de Carlos Velázquez se convertirá con el tiempo en un testigo honesto de cómo era vivir en ese lugar que los gringos aconsejan no visitar, y su importancia radicará en la forma tan directa y concisa de decirnos cómo le pegó al mexicano esa violencia.

 Afortunadamente, el propio Carlos Velázquez nos ha contestado varias preguntas sobre su libro, que, sin más, aquí les dejamos:

  

LM: El título es definitivamente algo que llama poderosamente la atención durante la lectura y que se menciona un par de veces en el libro. La propuesta misma de que los habitantes del norte (y creo que de todo el país) están pagando un karma, ¿se refiere a la complicidad de los ciudadanos todos (no sólo de los ciudadanos que delinquen) en la construcción de violencia en el país?

Carlos Velázquez: Sería irresponsable de mi parte argüir que la violencia la construimos todos, sonaría tan demagogo como un eslogan político. La idea del karma te exime del placer de la venganza. Por lo tanto, contrasta con la pregunta. Una de las teorías que maneja el libro es que la violencia que sufrimos en el norte es milenaria. Es una deuda que, afirmativo, estamos pagando, pero que no es el estado de las cosas revertido. Esto surge de varias premisas, la más importante, que la violencia, a pesar de su inmediatez, no debe simplificarse. El mal que yo observo en el norte posee una raíz metafísica. Esotérica. Esto no significa que le reste importancia a la aportación de los gobiernos o de los cárteles. Lo que intento expresar es que el norteño es proclive a la violencia, y que la violencia no es que haya encontrado un campo propicio en nuestro territorio para desarrollarse, sino que ya se encontraba aquí antes de nuestro arribo y que, por lo tanto, lo que vivimos es un despertar de esa semilla del mal que está sembrada en esta tierra.

LM: Una de las cosas que no se perciben en ciertas regiones del país, con relación al norte, es cómo la violencia modifica, de inicio las relaciones con el otro, pero además (y esto está muy bien planteado en el libro) la forma de habitar un espacio, es decir, la violencia regula no sólo la psicología, sino a los cuerpos y su forma de estar en ciertos lugares, es decir, su relación con los lugares, las cantinas, los estadios, las calles, el cine. Nos puedes hablar más de tu experiencia con respecto a esto.

CV: Se tiende a desmenuzar al narcotráfico, pero de lo que no se habla es de que su influjo modifica para siempre la relación entre los habitantes y la ciudad. Insisto, después de aquellos que son asesinados ex profeso o en enfrentamientos y los daños colaterales, quien ha sufrido más las consecuencias del narco son el ciudadano de a pie y los adictos. Los ciudadanos porque ven cómo se desmorona de manera irrevocable su sistema, su manera de relacionarse entre sí. Por ejemplo, se tiende a satanizar tanto a las redes sociales, que en las ciudades como ésta resultan una bendición. De repente todo ese mal al que se alude cuando se habla de ellas, la alienación, se convirtió en el único modo de convivencia en las ciudades asoladas por la violencia. No imagino este auge de violencia durante los 80, con toda la población encerrada a las 8 de la noche. Sin internet. Entonces sí nos volveríamos locos. Después de la matanza del bar Tornado, los negocios se cerraron durante quince días, ya se habían clausurado los casinos y se habían prohibido los teibols, entonces vivimos una de nuestras peores crisis de encierro. Por eso el libro habla de la reapropiación de la urbe, pero siempre desde la defenestración, desde la desgracia. Amar lo que está podrido.

LM: En el libro mencionas varias veces la imposibilidad de salir del norte, incluso considerando la situación a la que ha llegado. Es como si estuvieras imantado por una fuerza que es la suma de todos los habitantes y lugares y costumbres del norte.  ¿Nos puedes contar cómo, si es que, esta fuerza actúa también en tu literatura, en su temática y su estilo?

CV: La imposibilidad de huir proviene de diversas causas, depende de quién desee abandonar la ciudad. No se trata precisamente de aferrarse a lo que uno es. Pero esto sí está declarado en el libro: si en cualquier lugar del norte o de  México te van a matar, mejor que sea en tu tierra, donde te puedan velar tus parientes. Por otra parte, aferrarse, lo hemos constatado quienes habitamos acá, no sirve de nada. No hay salvación posible. Vivimos una especie de abandono. No todos cuentan con los medios económicos para trasladarse a otra ciudad, y esa certeza inocula una apatía y desesperanza que pronto dejas de fantasear con el exilio. En otros casos, hay quienes han dejado todo por marcharse. Es imposible definir qué mueve a cada uno a tomar cualquiera de los dos caminos. Lo que sí es indudable es que todos, los que se van y los que se quedan, están para siempre rotos, incompletos. Y a pesar de, la vida sigue. Y quizá suene ñoño lo que voy a decir, pero ayudan mucho los Beatles. Yo, en sus canciones, he encontrado explicación a los estados de ánimo que me ayudan a continuar con mi existencia, a no parapetarme en mi departamento y no volver a salir a la calle. Y eso me ha ayudado a decir lo que quiero decir, con las palabras con las que quiero decirlo.

LM: Unos de los temas mas fuertes que, creo, se exponen en el conjunto de relatos, es la normalización de la violencia, que aparece casi como una cosa ambiental, que está ahí y a la que hay que acostumbrarnos en muchos niveles. ¿Crees que libros como los que has escrito, o los esfuerzos de los periodistas, ayudan a replantarnos la situación y a dejar de normalizarla, o no es un asunto de productos culturales sino de políticas públicas?

CV: Siempre he considerado que la narconovela legitima la figura capo o del policía corrupto, pero también lo hace el cine con el terrorista o el psicópata. Y no todo el mundo estudia una carrera para terrorista. Pero sí existe una gran cantidad de morros que buscan graduarse dentro de organizaciones criminales dedicadas al tráfico de droga. No hay duda, la violencia está en el ambiente. Es parte de nuestra dieta. Y de eso es culpable la narcocultura pero ésta no tiene su raíz en obras sobre el tema. En cuanto a la responsabilidad de políticas públicas, creo que es una de las claves para entender el fenómeno. Ejemplo: en Estados Unidos matas a estudiantes en un campus y vas directo a la pena de muerte. ¿Y existen resultados?, sí, pero temporales. No tarda mucho tiempo en que aparezca otro desequilibrado y lo imite. En México es peor, acá no existe un castigo eficaz. Entonces, cuál sueño es más atroz, el americano o el nuestro. Allá sientes la oportunidad de progresar, aquí de ser dueño del país. Hay que ver las noticias para corroborarlo, en este sexenio han soltado a Caro Quintero y al Chaky, ése es el ejemplo que el gobierno le da a sus narcotraficantes.

 LM: ¿Nos puedes decir un secreto de El karma de vivir al norte? ¿Algo que todos hayan pasado por alto?

CV: No es el libro que quise escribir. Es decir, es el resultado, pero si hubiera quedado como yo lo visualicé, seguro me sentiría menos apenado.

LM: ¿Nos puedes decir tres escritores vivos que tengamos que leer?

CV: Rubem Fonseca, Pedro Juan Gutiérrez y Fernando Vallejo.

Por: Luis Miguel Albarrán @Perturbator