La crónica de viajes es un género literario que pareciera tiene poco que decirnos en estos días de turismo, paquetes todo pagado, excursiones programadas y paseos en Google Maps. Los viajeros no recurren a los relatos sino a las crónicas visuales, simultáneas en varias redes sociales, quien viaja y conoce otra parte del mundo y otras costumbres, construye su experiencia desde los filtros de Instagram, reflexiones en Twitter, quizá estados de Facebook y álbumes de fotografías con geolocalización. A pesar de ello, la crónica como género periodístico ha retomado espacios que hacen frente a la banalidad de los titulares y el periodismo con información obtenida de aleatorias cuentas de Twitter sin mucho que decir, pasados cinco minutos de los acontecimientos; en revistas como Gatopardo, Orsai, Letras Libres se han publicado crónicas memorables que reconstruyen un poco el sentido de un mundo en apariencia comprensible pero apabullante.

            Julián Herbert, mexicano, poeta, narrador y crítico, por más señas, ha incursionado en este género con una breve obra, Algunas estúpidas razones para volver a Berlín, publicada por la editorial independiente filodecaballos. Herbert ha mostrado a lo largo de su literatura una movilidad entre las así llamadas cultura de masas y la alta cultura, también sabe tender puentes entre tradiciones no siempre cercanas entre sí, no sólo nacionales, sino también artísticas. Por ello, no es extraño que en este relato de un viaje a Berlín, realizado mediante una beca de estancia artística que contemplaba, entre otras cosas, la escritura de la propia crónica, Herbert señale paralelos que se antojaban poco productivos, hasta antes de leerlo, entre Berlín y México.

            Herbert es un escritor fronterizo, no porque habite la frontera del país, sino porque sabe ver los márgenes como espacios de exploración y construcción de sentido. Así, mientras narra un viaje emocional y sin pretensiones de evolución espiritual, hace hincapié continuo en la vida de fronteras, cruzar por donde antes estaba el muro, recordar a quienes murieron por intentar cruzarlo, “mojados acribillados en seco cuando pretendían migrar de Berlín a Berlín”, recordar, entonces, a los mexicanos que cruzan la frontera o mueren en el intento. El Berlín de Herbert, en el que las zonas de exclusión han sido modificadas para construir zonas de juego, asoma como una duda del futuro de los límites entre México y Estados Unidos y sus zonas de violencia y muerte. Pero el Berlín de Herbert no es el de una guía para turistas despistados, tampoco es solamente el espacio de representación de las tensiones raciales europeas, sino que es, sobre todo, una apuesta de la escritura como punto de concreción de la memoria y las emociones; dice Herbert, “Mónica es dibujante  y tal vez por eso busca, sobre todo, el trazo: la ciudad como un instante. Yo lo que quiero es inventarle a Berlín una nueva estructura. Mónica imagina territorios, yo construyo mapas”.

            La crónica como un mapa a medias, un mapa del cielo de Berlín y de sus calles, de los conflictos latentes en la potencia económica europea, de los encuentros con amigos y poetas, de los viajes en metro y la cerveza berlinesa, mapa de memorias, de reconstrucciones.

Algunas estúpidas razones para volver a Berlín

Julián Herbert

Filodecaballos

2013