Troll de la gramática: aquél que encuentra (para exhibir) el más insignificante error gramatical que es directamente proporcional a su comprensión del texto.

Desde que existe internet existen los trolls, los hay de todas castas; aquellos que engañan, que provocan, que se burlan. Aquellos que debaten cada tropiezo en las ideas del escritor; los hay también benéficos, los que hacen más clara la idea, o la intención a la que el escritor quiere llegar. Pero de toda la jerarquía, el troll gramatical está en el escaño más bajo, es el más trivial, es la vergüenza de todos los trolls.

Hay errores de acentuación que pueden provocar ambigüedades en el discurso , es cierto, pero algunos de ellos ya dejaron de ser importantes incluso para la RAE, la que se supone era la anciana cascarrabias en estos temas (los diacríticos, sólo, éste).

El troll gramatical no pretende ayudar a la lectura de otros (tratando de hacer más claro el sentido en esas ambigüedades), señala para lanzar al patíbulo al redactor. El discurso entonces, la propuesta entera, pasa a segundo término en la mente pequeña del troll gramatical, el troll que no lee, sólo corrige: tristes tiempos en donde un error de dedo, en donde una confusión entre c y z o la falta de un acento, destruye ideas, desaparece propuestas. Este troll confunde el trabajo de corrección de estilo con la labor editorial, simplifica el diálogo en la red.

El troll gramatical, entre toda la fauna digital, es el más vacío; el troll que insulta por insultar al menos enarbola una anarquía cómica del discurso, al troll de la gramática ni siquiera le importa el discurso, señala para comprobar (casi siempre a tropezones) que sabe un poquito más, no por conocer la gramática sino por haber encontrado el error, su trofeo es la exhibición triste. Esa migaja que es el acento caído es el único banquete al que aspira.

El troll de la gramática la convierte en una que se consume a sí misma, escrita para hablarse a sí misma, que no comprende la lengua viva y la quiere reducir a un cadáver pulcro, una gramática zombi, que ni vive ni deja vivir.

En mi corto camino por la lingüística aprendí que nuestra lengua está viva no sólo porque la hablamos sino porque tropieza y de esos tropiezos han salido bellezas escritas y habladas, hay tantos ejemplos de palabras, frases hechas, locuciones, que nacen del error gramatical, errores que cometió Cervantes y cualquier redactor de internet.

El troll gramatical nunca comprenderá por qué García Márquez dijo que “debería jubilarse la ortografía“, por qué Jaques Vaché escribía pohète, o por qué Cortázar escribió “La hebriedad, hastuta cómplice del gran hengaño“.

Los grandes escritores no son los que encuentran el error, son los que no le tienen miedo al error, los que experimentan con él, los que encuentran en la desaparición de la hache, en el cambio de todas las ges ante vocal por jotas, un acto de rebeldía creativa, de análisis profundo y  lo cómico que resulta ver la lengua como una estatua de marfil.

Hoy más que nunca hacen falta trolls de ideas, del debate inteligente. Que hagan a un lado las nimiedades y se concentre en aquello para lo que existen los medios, la información. Atacar dedazos, faltas de haches, de acentos, puntos finales, comprueba la flojera del pensamiento de una generación, una desidia de la discusión.

Un buen troll encontraría el error ortográfico en el título de este post o en alguna palabra intrusa  y lo hubiera visto como un guiño en el discurso (malo tal vez, simplón) , el zombi de la gramática detendrá su lectura presto a exigir ser endiosado, encontrando consuelo en la nadería.

Por Luis Miguel Albarrán @Perturbator