Julian Barnes: cómo contarnos la historia de nosotros mismos.

Contar una vida siempre ha sido una tarea difícil. Bien advierte Paul Auster en Ciudad de cristal que la vida de un hombre no tiene sentido, entre que una persona nace y muere sólo ocurre una sucesión de hechos. Entonces es nuestra tarea otorgarle significado a lo ocurrido. Si la tarea es difícil a la hora de contar la vida de alguien más, ahora preguntémonos ¿qué ocurre cuando se trata de nuestra propia vida? No me refiero aquí al problema de redactar una autobiografía, sino a otra cosa: constantemente nos relatamos  nuestra vida.

Parece que la búsqueda por el sentido de la vida, aunque parezca un cliché, es en realidad una operación propia del ser humano. Eso explica la diversidad de religiones que hay en el mundo, todas están orientadas a darle un sentido a nuestras vidas, algo que valga la pena. Por eso hay quienes gracias a su religión creen en la vida después de la muerte o quienes se sacrifican por un bien mayor y dan la vida en nombre de una causa política. Una razón para vivir también es una excelente razón para morir, decía Albert Camus.

Todo esto nos deja ver una cosa: los seres humanos, en su mayoría, necesitan otorgarle sentido a sus vidas. Una de las formas de darle sentido a la vida es a través de una narración, una especie de cuento del que somos protagonistas. Si hacemos un cuento de lo que nos ha pasado, acomodamos a través del tiempo los hechos en una estructura lógica, es decir, cuando ordenamos nuestra vida en pequeñas relaciones de causa-efecto, podemos encontrarle el sentido. Por eso normal encontrarnos con que para explicar la vida de alguien más, recurrimos a pensamientos del tipo: “su mamá no lo quería, por eso de adulto guarda rencor y es enojón” o bien “desde que su novia lo dejó no ha sido el mismo”. Ese tipo de pensamientos también operan cuando pensamos en nosotros mismos.

El sentido de un final de Julian Barnes busca ahondar en este tema. El libro se divide en dos partes. En la primera, el personaje Tony Webster desde una edad avanzada nos cuenta su juventud: es un muchachito que tiene un grupo de amigos, entre ellos uno muy sobresaliente que se llama Adrian. Va a la universidad se hace de una novia, ésta lo deja y él queda descorazonado. Posteriormente Adrian y Veronica (la novia) se hacen novios y esta situación lo enloquece aún más. Por si fuera poco, tiempo después Adrian se suicida.

La segunda parte del libro es menos ágil, Tony Webster, ahora viejo, reflexiona constantemente acerca del pasado, acerca de su matrimonio fallido y de cómo han ocurrido las cosas en su vida. Al final de cuenta tiene una idea bastante clara de quién es y por qué es como es. Sin embargo todo se complica. Tony descubre y recuerda ciertas cosas del pasado que por su propio bien había olvidado, de manera que esa idea que había construido acerca de sí mismo y que nosotros habíamos creído, se resquebraja constantemente. Nos acercamos a una operación constante: con cada descubrimiento nuevo, la construcción se cae, pero Tony se encarga encajar el nuevo elemento en su estructura para darle sentido a sus recuerdos y en última instancia, a su identidad.

No les cuento el final, lo que les puedo adelantar es que esta novela logra hacernos pensar, como le pasa al protagonista, si esa construcción que hemos hecho de nosotros mismos se acerca a la verdad, o si las otras personas que nos rodearon nos percibieron de la misma manera. Admitir que existe la posibilidad de que la imagen que tenemos de nosotros es falible, es asomarse a un tipo de crisis que provoca un vértigo delicioso y en el que Barnes nos conduce con bastante pericia.

Y a ustedes, ¿les ha ocurrido que recordar un detalle del pasado altera la visión que tenían de ustedes mismos?

El sentido de un final

Julian Barnes

Editorial Anagrama.