La primer novela de Ginés Sánchez ha sido publicada por Tusquets: Lobisón es perturbador viaje a la lucidez en la locura y la belleza de lo bestial.

 Cuenta la leyenda que el séptimo y último hijo nacerá Lobisón; traerá en su sangre la maldición que lo obliga a apartarse de los otros cuando se transforma: hombre bestia, lobo triste, el lobisón es el demonio que busca entre la sangre de sus víctimas una respuesta inefable.

Adrián ha nacido en una familia apartada de la ciudad, es un adolescente retraído, autista, antes hablaba, ahora no. Adrián es lobisón. Desde pequeño ha sufrido su terrible destino (también su padre es lobisón) y conforme pasa el tiempo el lector se dará cuenta de que la condición de Adrián es complicada: sus vecinos, su hermanos mismos lo apartan y no sin razón, por las noches, Adrián se pierde (o más bien se encuentra) en el bosque, debe dormir bajo el techo de las estrellas, debe buscar a un perro negro, el que se comió a su padre y alimentarse de las gallinas, las irresistibles gallinas.

El padre de Adrián, Zacarías Zárate, insiste en defender la “normalidad” de su hijo sólo para darse cuenta de que ser lobisón va más allá de lo que él quiera creer. La locura aquí juega un papel primordial, el padre de Adrián es uno de esos grandes personajes que están a caballo entre la  locura y la misión sagrada.

La historia de Adrián es alucinante, su forma de ver el mundo (el sexo, la muerte, la supervivencia) desde esa borrosa frontera entre lo profundamente humano y lo hermosamente bestial le aclara muchas cosas al lector, al fin, sólo los proscritos revelan lo complicado de lo obvio y lo inmediato, lo que no vemos por verlo tanto.

La novela de Ginés Sánchez logra conjurar demonios en apariencia lejanos y rudimentarios pero que acosan a cualquiera en las grandes ciudades, Lobisón es definitivamente una historia imperdible, un macabro recordatorio de la lucidez de la locura y la belleza de los excluidos.

Para que se animen todavía más a leer el libro, Ginés Sánchez no ha concedido una entrevista exclusiva para Sopitas.com. Aquí les dejamos las preguntitas que amablemente nos respondió.

Luis Miguel: Primero que nada quiero decirte que el libro me ha parecido excelente. Ha sido un confuso placer leerte.

Digamos que, si redujéramos la poderosa anécdota de tu novela, nos quedaríamos con dos personas que habitan un medio hostil, que son perseguidos por sus circunstancias y por sus fantasmas; dos proscritos, padre e hijo, dos seres terriblemente confundidos pero macabramente lúcidos. Estamos lidiando aquí con el miedo al otro, a su silencio. Esta situación bien podría darse fuera de la sierra, en una populosa ciudad, en cualquier ultramoderna oficina. ¿Crees que se pueda establecer una relación entre la confusión de los personajes principales y la forma en que el lector citadino se enfrente a sus propios monstruos (a sus propios perros negros) en la vida común?

Ginés Sánchez: Bueno, y ante todo, indicar que me encantan tus adjetivos. Muy ajustados, desde luego. Que no soy yo quien debe ponerse los adjetivos y está bien que sean los demás quienes lo hagan. Y que lo hagan bien. En cuanto a los monstruos de cada uno y su extrapolación, pues ¿qué decirte?, ¿Quién no tiene una buena colección de perros negros en el armario? Y, desde luego, ante ellos, caben dos opciones. Enfrentarlos o no. Y cada cual, ¿no? En cuanto a Adrián y Zacarías, pues eso. Confusos a la par que lúcidos. Incontrolados e incontrolables. En cualquier caso, y esa era la mayor parte del trabajo que se efectuó y el logro que se pretendía, los dos absolutamente humanos, lo mismo héroes que todo lo contrario. Reafirmándose a la vez que contradiciéndose. Llevados a la propia esencia de sus pellejos y sus huesos y a la vez tratando se remontarse como Ícaros. Y al mismo tiempo incapaces. Así, al final, tremendamente humanos, terriblemente reales, en el fondo víctimas.

 Ya te digo, un poco como todos. Cada uno con sus facetas y sus historias. Solo que ellos un poco más novelescos que la gente más “corriente”.

LM: Otra cosa que llama poderosamente la atención es definitivamente la prosa de Lobisón, especialmente las partes de Adrián. La voz de Adrián logra iluminar las cosas y las situaciones con una sorprendente facilidad, como si su forma de ver el mundo lo redujera a lo evidente, y le otorgara un sentido mucho más inmediato. No recuerdo una voz narrativa que reconciliara tan bien la inocencia y el terror, la lucidez y la duda, sino tal vez la de Celestino antes del alba, de Reinaldo Arenas, que definitivamente está al nivel de tu obra. ¿Nos podrías decir cómo fue el proceso creativo alrededor de la figura de Adrián y particularmente de su voz?

GS: La voz de Adrián fue, desde luego, un trabajo de larga búsqueda. Por lo menos en cuanto a la chispa iniciática. En cuanto a encontrar el discurso. A decir verdad para encontrar el tono fueron básicos mis sobrinos (a los que está dedicado el libro) que, por cuando yo estaba buscando tenían dos y cuatro años. De ellos es de donde surge aquello de “un día yo estaba…”. Y, a partir de ahí, pues seguir tirando del hilo hasta lograr una cierta coherencia. Se pretendía que la voz de Adrián fuera hipnótica y en determinados momentos lo fue en exceso. Hasta el punto de que me era imposible cambiar a la voz de Zacarías, por ejemplo, sin dejar unos cuantos días por en medio.

Y también debo decir que, una vez encontrada la voz, ya fue relativamente sencillo. Sobre todo porque nadie sabe lo que hay dentro de la cabeza de un autista. Lo que, sujetándose a determinados límites, pues como que da bastante libertad.

LM: ¿Nos puedes decir tres autores contemporáneos tuyos que no debemos dejar de leer?

GS: ¿Solo tres? Bueno, haremos una criba. Contemporáneos, contemporáneos, aparte Murakami y Cormac McCarthy, nadie debería dejar de leer a Margaret Atwood y a Kurt Vonnegut. Ni tampoco a Ramiro Pinilla. La verdad es que son contemporáneos pero algo viejillos. Por decir también alguien más joven me quedaría también con Pedro Juan Gutiérrez, el cubano, o con Miranda July. Y no dejen de leer “El Gatopardo”, de Lampedusa. Y, si son ustedes latinoparlantes, pues no dejen de leer a Rulfo. Y, por Dios, amen a Borges sobre todas las cosas.

Lobisón

Ginés Sánchez

Tusquets

Por Luis Miguel Albarrán @Perturbator