La ONU informó, a través de su Comisión de Naciones Unidas para los Derechos Humanos, que los muertos en Siria ascienden a 60 mil y no se vislumbra una solución inmediata al conflicto.

Durante cinco meses se llevó a cabo el informe que, para el 30 de noviembre del año pasado, ya había contado a 59.648 personas fallecidas. Apenas el miércoles pasado, 30 personas murieron en un bombardeo sobre una gasolinera en un suburbio de Damasco.

La capital se ha convertido en pesadilla y refugio de muchos, no hay trabajo y la gente vive entre las ruinas de sus casas semidestruidas. Los servicios básicos están racionados pero no parece que haya escasez de comida. Las licorerías nunca habían visto tan buena temporada pero hay que formarse hasta seis horas para comprar pan.

El mediador internacional para Siria, Lajdar Brahimi, cree que sólo hay dos alternativas: “Si la única opción es realmente un infierno o un proceso político, tenemos que trabajar sin descanso por el proceso, que es muy difícil y complicado”; desde Rusia, el mismo Brahimi recordó que se debe tener cuidado de que no estalle el pánico en Damasco pues los ciudadanos no tendrían más otra opción que huir a Líbano o a Jordania, un millón de personas podrían huir pero ninguno de los dos países está listo para recibir medio millón de refugiados cada uno.

21 meses lleva ya la revuelta en Siria y las negociaciones no avanzan. Nadie esperaba que la revuelta durara tanto tiempo, sobre todo después de la caída de los dictadores en Egipto y Libia. El régimen de Siria sin embargo se ha atrincherado y sigue destruyendo brutalmente a la oposición.

Podemos realizar una comparación con la revolución egipcia: en un informe realizado por juristas egipcios y entregado a la Fiscalía General de Egipto se apunta que murieron 846 manifestantes durante la revuelta. Además de estos 846 “mártires” fallecieron 26 policías y 189 reclusos. También resultaron heridos treinta agentes y 263 presos.